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La importancia del juego para el desarrollo de funciones ejecutivas

    ¿Cuántos de nosotros recordamos la manera en que nos divertíamos de niños? Correr en los patios, jugar en las calles, inventar aventuras en el parque… El movimiento físico —brincar, perseguir, correr, equilibrarse— era la esencia del juego. Se trataba de actividades sencillas, llenas de imaginación, interacción y espontaneidad, donde aprender a negociar reglas, esperar turnos, resolver conflictos y cooperar era parte natural de la diversión. Sin saberlo, esos juegos tradicionales fortalecían habilidades profundas: las funciones ejecutivas.

    Hoy entendemos que funciones como la inhibición, memoria de trabajo, flexibilidad cognitiva, planificación, organización, autorregulación emocional y atención sostenida estaban presentes en cada uno de esos momentos.

    La rayuela exigía equilibrio y coordinación; las escondidas pedían estrategia y toma de decisiones; las atrapadas requerían flexibilidad cognitiva; los encantados promovían el control inhibitorio; y las carreritas ponían a prueba la motricidad gruesa, la fuerza y la velocidad.

    Pero el juego infantil no se limitaba al movimiento. Actividades como “la tiendita”, “la escuelita” o “el hospital” daban vida al juego simbólico, donde los niños imitaban situaciones del mundo real, asumían roles y practicaban habilidades sociales fundamentales.

    Aunque en los años noventa comenzaron a popularizarse consolas como Game Boy, Súper Nintendo o PlayStation, el juego tradicional seguía teniendo un encanto especial. La libertad implicaba moverse, ensuciarse, explorar, crear reglas y compartir con otros.

    El juego actual: entre pantallas y nuevas dinámicas

    Hoy el contexto de la infancia ha cambiado. La tecnología está presente desde edades muy tempranas, y aunque los videojuegos y dispositivos digitales pueden estimular la atención visual, la resolución de problemas o la coordinación ojo-mano, no deben sustituir el valor del juego libre, simbólico y cooperativo.

    Aquí aparece el gran desafío: encontrar un equilibrio entre el uso de la tecnología y la riqueza del juego tradicional. Un balance que permita disfrutar de las ventajas digitales sin perder la oportunidad de imaginar, construir, moverse y convivir con otros niños.

    ¿Por qué el juego fortalece las funciones ejecutivas?

    El juego es un escenario perfecto para que los niños practiquen habilidades mentales esenciales:

    • Inhibición: esperar turnos, seguir instrucciones en “Simón dice” o detenerse en “las estatuas”.
    • Memoria de trabajo: recordar reglas, planear estrategias o mantener en mente una secuencia.
    • Flexibilidad cognitiva: cambiar de rol, adaptarse a nuevas reglas o transformar un objeto en algo imaginario.
    • Planificación y organización: estructurar un juego, anticipar movimientos o decidir cómo construir algo.
    • Autorregulación emocional: tolerar la frustración, perder sin enojarse y manejar imprevistos.

    Estas habilidades no solo son clave para jugar: también son fundamentales para el aprendizaje escolar, la convivencia, la resolución de problemas y la autonomía.

    El juego, una herramienta poderosa

    El juego —en todas sus formas— sigue siendo una herramienta poderosa para el desarrollo emocional, cognitivo y social. Ofrecer a los niños espacios variados, seguros y libres para jugar es invertir en su capacidad de pensar, relacionarse, crear y adaptarse al mundo.

    Promover un equilibrio entre tecnología y juego tradicional no solo es un reto, sino una necesidad para asegurar que las nuevas generaciones sigan desarrollando las funciones ejecutivas que les permitirán enfrentar la vida con confianza, imaginación y resiliencia.

    Lic. Sybil Grace Cuevas Díaz
    Titular del Departamento de Psicopedagogía

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